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¿POR QUÉ COMBATIR EL DOPAJE?

Porque es perjudicial para la salud, porque altera la esencia del deporte, porque supone una mala imagen para la juventud, porque induce a la violencia, porque es antinatural,... Clásicamente todas estas razones se han agrupado en dos grandes bloques, uno que reúne a las de corte ético y otro que aglutina a las de corte médico. ¿Cuáles son más importantes? ¿La lucha contra el dopaje debe proteger en primer término al deportista, o al propio deporte? Hay quién cree lo primero y quién aboga por lo segundo. Quién plantea que la línea divisoria entre lo admisible y lo que no lo es debe centrarse en la salud del deportista, y quién propugna que esa frontera debe marcarse en pos de preservar el principio más fundamental de la competición que es “que gane el mejor”. Reflexionemos juntos sobre ambas posturas. Si admitimos como válida la primera, ¿admitimos entonces el uso de sustancias que, aunque no afectan a la salud del deportista, mejoran su rendimiento? Y si nos quedamos con la segunda, ¿legalizaríamos entonces el dopaje si supiéramos que todos toman lo mismo, aun siendo conscientes de que ponen en peligro su salud? La cuestión no es baladí. Por eso es necesario contar con ambos posicionamientos para justificar la lucha contra el dopaje.

Motivos de índole ética

Hay dos conceptos clave dentro de este grupo. El primero, es que el deporte tiene por fin último la formación integral de la persona; y el segundo, el principio esencial de la competición, según el cual esta debe ser justa y equitativa. Si partimos de estas dos premisas, podemos concluir que “el dopaje es una pieza que no encaja en la estructura del deporte” (Rodríguez, 1991) ya que contraviene ambos principios. Cuando aparece el dopaje, todos los valores que se le presuponen al deporte (sentido de la responsabilidad, honestidad,...) se subordinan al de conseguir el éxito, invirtiéndose así la escala de valores y perdiéndose el carácter lúdico. Un deportista que altera su rendimiento de manera fraudulenta deja de ser libre para convertirse en un objeto, en una maquina que hay que amortizar. La competición deja de ser una continuación lógica del entrenamiento para convertirse en un negocio, en un espectáculo en el que los deportistas son meras comparsas.

Además, dentro de este conjunto, hay otro motivo por el que combatir el dopaje: la juventud. Estamos transmitiéndoles la idea de que solo vale ganar, sin importar los medios que utilicemos para ello y el precio que paguemos. Y muchas veces esos medios es el dopaje y ese precio es su salud. Parece que no quede sitio para aquellos que solo quieren competir por diversión, que si no quedas el primero es un fracaso. Muchas promesas deportivas están convencidas de que sólo tendrán oportunidad de alcanzar la élite si, junto con otros medios permitidos, utilizan también alguna forma de dopaje. Y muchos padres están alejando a sus hijos del deporte por la imagen negativa que este está adquiriendo. En definitiva, si queremos preservar ese deporte praxis del que hablaba Cagigal, ese deporte transmisor de valores como la responsabilidad, el esfuerzo, la igualdad,... es necesario que luchemos para que tanto padres como jóvenes no asocien deporte con dopaje.

Motivos de índole sanitaria

Siguiendo a Rodríguez (1991), el dopaje es potencialmente peligroso para la salud del deportista porque:

- Expone el organismo al riesgo de llegar a sobrepasar sus límites fisiológicos
- Trastorna la coordinación normal de las funciones fisiológicas y psicológicas
- Conduce al uso prolongado de algunos medicamentos, incluso en dosis superiores a las normales, para “beneficiarse” de su eficacia
- Ocasiona progresiva dependencia y habituación al uso de algunos productos dopantes, cuyas dosis van aumentándose para mantener efectos que a veces son ilusorios
- Induce a cierto abandono del entrenamiento metódico, por la falsa sensación de seguridad que produce
- Incita a utilizar, intentando eludir la detección de los controles de dopaje, nuevas sustancias cuya toxicidad a largo no siempre se conoce
- Causa un deterioro físico tal vez irreversible

y si concretamos más, aunque a día de hoy aún es pronto para hablar con propiedad de patologías asociadas al dopaje sanguíneo, los efectos secundarios documentados de la rhEPO incluyen hipertensión, hiperviscosidad y ataques epilépticos (Spivak, 1993). Probablemente tengamos que esperar un par de décadas para conocer las verdaderas secuelas de la EPO. Si estamos en condiciones, en cambio, de comentar algunas atrocidades de la anterior generación del dopaje: la generación de los esteroides. Una de las más representativas es el caso de la lanzadora Heidi Krieger, que se vio obligada a cambiar de sexo en 1998 por los cambios producidos en su cuerpo tras varios años de tratamientos. La ex deportista alemana, que se proclamó en Sttutgart (1986) campeona de Europa de peso defendiendo los colores de la RDA, se vio progresivamente transformada en un hombre como consecuencia de un continuo régimen de andrógenos. Otros, como los lanzadores suecos de disco Göran Svensson y Stefan Fernholm, han fallecido sin ni siquiera cumplir los 39 –edad a la que murió la plusmarquista de 100 y 200 metros lisos Florence Griffith- por causas desconocidas. Lo que está claro es que el abuso de ciertos medicamentos comporta riesgos a corto, medio y largo plazo. Algunos tan importantes como el de reducir inexplicablemente la esperanza de vida. Forzar un organismo más allá de sus posibilidades naturales para conseguir un rendimiento superior al que proporciona el mero entrenamiento, es, cuando menos, muy peligroso.

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Pero para mi, hay, además, una tercera razón tan importante como las anteriores, combatir el fraude lucrativo en el que se ha convertido el dopaje. Lograr que managers, médicos deportivos y laboratorios farmacéuticos dejen de alimentarse de los resultados del atleta, dejen de crecer a costa de su salud. Para ello, tal y como apunta Botella, es necesario que los castigos no se impongan solo al atleta sino también a su equipo científico y técnico, que es igualmente culpable. O como señala Rodríguez, que se considere como dopaje no solo la “utilización”, sino también la “administración” y la “incitación”, con lo que el dopaje dejaría de ser responsabilidad única del deportista para ampliarse a su entorno, médicos y técnicos deportivos principalmente
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